El virus del Ébola está considerado como sumamente infectivo, debido a
su alta tasa de mortalidad, la rapidez con la que provoca la muerte y
las zonas remotas donde se producen las infecciones. Se transmite a los
humanos a través del contacto con un animal huésped infectado vivo o muerto (monos, murciélagos, antílopes…) y se disemina de persona a persona por el contacto
con la sangre, tejidos, secrecciones y los fluidos corporales del
sujeto infectado, y por el contacto con equipo médico contaminado, tales
como agujas.
Las infecciones por virus del Ébola son agudas y no existe el estado
de ‘portador’. Debido a que el reservorio natural del virus es
desconocido, la manera en que el virus aparece por primera vez en un ser
humano en el inicio de un brote no se ha determinado aún.
La transmisión nosocomial se refiere a la
propagación de una enfermedad dentro de un centro hospitalario, este
tipo de transmisión ocurre con frecuencia durante los brotes de virus
del Ébola. En la mayoría de los centros de salud de África los pacientes
son atendidos sin mascarilla, batas o guantes. Además, cuando las
agujas o jeringas que se utilizan pueden no ser del tipo desechable, si
se contaminan con el virus y luego se vuelven a utilizar, muchas
personas pueden ser infectadas.
De
hecho, si se produce la muerte del afectado por el virus, el protocolo
indica que no se le puede realizar la autopsia por el alto riesgo de
contagio por los fluidos de la víctima, por lo que deberá ser
incinerado.

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