Cuando Adama abre la verja de madera que marca la separación entre los
enfermos y el mundo exterior, recibe un tímido y emocionado aplauso. Ha roto las
estadísticas. Las que dicen que una mujer embarazada apenas tiene opciones de
sobrevivir al ébola. El
8 de enero ingresó en el centro que Médicos Sin Fronteras (MSF) tiene en Kissy, un suburbio de
Freetown, la capital de Sierra Leona. A los cinco días perdió el bebé,
pero
hoy está libre del virus y a punto de empezar una nueva
vida.
La joven, de 18 años, es la
paciente número cero del primer centro
especializado en atender a mujeres embarazadas contagiadas de ébola o
sospechosas de estarlo. Médicos sin Fronteras decidió ponerlo en marcha porque
las gestantes son más vulnerables que nunca en el contexto esta epidemia. Muchas
no acuden a los centros porque los principales síntomas del ébola -la fiebre y
el sangrado- son también comunes durante el embarazo. Y cuando lo hacen, el
personal médico es reticente a atenderlas o a permitir que den a luz en sus
centros por miedo al contagio.
La tasa de mortalidad de las embarazadas es mayor respecto al resto de
mujeres. Los pocos estudios que existen indican que
fallecen en un 95%
de los casos. El pronóstico para el feto es mucho peor porque concentra
una mayor carga viral. Se desconoce por qué el virus es más rápido y más letal,
pero se cree que es debido al esfuerzo extra para el sistema inmunológico y a la
rápida deshidratación.
“Me siento bien. Estoy contenta porque me han dado el alta, así que rezo a
Dios para que los demás también sean dados de alta”, afirma Adama.
Su
padre y su marido no sobrevieron a la enfermedad. Su madre, una
hermana y un hermano están librando esa batalla. El
ébola ha matado ya a 8.810 personas en África Occidental y afectado a
22.092, la mayoría en Guinea, Sierra Leona y Liberia.
Hemorragias letales
Cuando llegó al centro, la joven estaba muy débil, apenas podía
hablar.
Sufrió un aborto espontáneo, “como el 90% de las mujeres
embarazadas con ébola. El resto suele dar a luz a un bebé muerto o que
muere a los pocos días”, explica a RTVE.es Olimpia de la Rosa, responsable
médico de la Unidad de Emergencia de MSF.
En el caso de que una mujer embarazada dé positivo por ébola, la probabilidad
de contagio del feto es del 100% porque
el virus es transmitido a través
de la sangre por el cordón umbilical.
Durante el parto, De la Rosa dice que
es fundamental controlar las
hemorragias. Por eso se reducen al máximo las episiotomías y los
tratamientos con oxitocina. También se evitan las cesáreas.
“Los
sangrados fuertes son la causa más común de que las mujeres
mueran cuando dan a luz o cuando abortan de forma espontánea”,
señala.
Las mujeres embarazadas son altamente infecciosas durante el parto por
lo que los sanitarios necesitan más protección. Fuente: MSF.
Ya antes del ébola,
Sierra Leona era el país del mundo con mayor tasa
de mortalidad materna. Un estudio de la OMS de 2013 cifraba en 1.110
las muertes de mujeres por cada 100.000 partos. En España la proporción es de 4
por cada 100.000. De la Rosa afirma que si las tasas eran "horribles", el
ébola sólo puede haberlas empeorado. Ella vio cómo en Freetown las mujeres
parían y abortaban sin atención ante el riesgo de contagio, que aumenta en el
tratamiento de estas pacientes porque el ébola se transmite a través de los
fluidos y, durante un parto normal una mujer pierde entre tres y cinco
litros. La
solución no es abandonarlas, añade, sino protegerse mejor. Por ello, los
profesionales de la organización usan guantes adicionales y se hacen acompañar
por más enfermeros para poder vigilarse unos a otros cuando las tratan.
Volver a empezar
Durante las últimas dos semanas, el centro de MSF ha sido su casa para
Adama.
El equipo médico se ha volcado con ella. Le llevaban su
plato favorito, sopa de pimientos, pese a que estaba fuera del menú. Y charlaban
durante horas a través de una red de plástico naranja.
Ahora toca abandonarlo y los médicos la miran con ternura. Roberto Wright, su
psicólogo, y Javiera Puentes, responsable médica del centro, la esperan al otro
lado de la verja. La agarran y la abrazan. Son
su primer contacto humano
desde que contrajo la enfermedad. Piel con piel. Roberto la coge por la
muñeca y alza la mano en señal de victoria. Adama, abrumada, deja la huella de
su mano en el muro de los supervivientes. Es la primera mancha azul.
Adama, tras salir del centro de pacientes con
ébola y a punto de comenzar una nueva vida. Fuente: MSF
“Estoy contenta por ella pero también un poco nerviosa, porque ahí fuera hay
mucho miedo”, afirma una de sus enfermeras, Marisa Litser. “Esto es sólo una
parte del viaje.
Un paso enorme será volver a casa y todo lo que viene
después del ébola”.
En realidad, a su casa de momento no puede volver. Está acordonada y en
cuarentena porque la familia casi al completo ha contraído el virus. De momento,
se quedará con sus tías, consciente de que
el estigma es el primer
enemigo al que tendrá que hacer frente. Y también al trauma de haber
sufrido un aborto y haber perdido a su padre y a su esposo. Pero está decidida a
ganar también esta batalla:
“Cuando esté mejor quiero ir a la universidad, estudiar contabilidad y
trabajar en un banco”. ¿Quién se atreve a decirle que no?.